¿QUE ES LA DISCIPLINA?

El chico tendría unos 15 años y, por lo que parece, había suspendido 7 asignaturas en el primer trimestre (sí, siete) ; era sábado, la hora de comer, en medio de un restaurante. Le pide a sus madre dinero para salir, ella se niega, él insiste y ella pierde los nervios; mientras el padre observa la escena con cara de verlas venir, ella responde gritando, descalificando, reprochando y, desesperada, se niega 100 veces.

El chaval responde impasible e insiste con tranquilidad. Tras media hora fatídica de "performance" involuntaria, la madre acaba dándole la mitad de lo que el chico había pedido al principio: le extiende un billete de 10€, y él se va con sus amistades adolescentes a adolecer un ratito en algún botellón. La pareja queda en la mesa, discutiendo, segundo café en mano, porque "nunca me apoyas". Negociazo, ya está: en tu casa, la autoridad la tiene tu hijo y tú tienes ansiedad generalizada en ciernes. Esta escena la he visto yo con mis propios ojos; en realidad, por verla, la habré visto decenas de veces en las más variopintas versiones, con adolescentes, niños, niñas, con el padre, con la madre y hasta con la abuela. 
 
disciplina familias
¿Qué ha pasado aquí? Pues, simplemente, falta de firmeza para mantener en pie un castigo: a saber, no darle dinero al chaval para salir por la tarde los sábados. Digamos que, en este caso, hay motivos de sobra (por lo menos, siete motivos) para poner un castigo proporcionado. Sin entrar a discutir la proporcionalidad del castigo, también hubiese cabido otra posibilidad, la contraria: castigos desproporcionados por absolutamente cualquier cosa, e incluso, nimedades. Violencia física y verbal por tonterías menores, por cosas de niños, que se podrían haber solucionado con un simple "no". Cuando tratamos con adolescentes la falta de proporcionalidad y la incoherencia nos van a pasar factura: o bien no se distingue del todo quienes son las personas racionales, adultas y con experiencia en la familia, o bien rozamos (y, a veces, tocamos) el maltrato.

 
La autoridad es INFLUENCIA: la autoridad se distingue porque no necesita gritos, golpes, insultos, descalificaciones ni numeritos para ser eficaz. Eso, como mucho, solo generará miedo: nunca respeto. La autoridad es tu capacidad para poner límites y que sean respetados: es necesario ser consecuente y firme en tus palabras y acciones, porque entonces no tendrías, precisamente, autoridad. 
Las cosas se ponen muy feas cuando hablamos de disciplina: la disciplina no es algo que tú ejerzas sobre tu hijo o hija, sino un rasgo de comportamiento, una conducta o una aptitud/actitud, que inculcas, y que ella o él se inculca también, y que no es incompatible con la autonomía y la libertad, sino que va de la mano con éstas. La disciplina no consiste en obedecer órdenes ciegamente y sin criterio: consiste en aprender, poco a poco, a gestionar la libertad que se da, cada vez en mayor cota, a la persona adolescente y a asumir sus responsabilidades con un objetivo muy claro, que es que, al llegar a la vida adulta (muy próxima en el tiempo), sea capaz de asumir TODAS y cada una de las responsabilidades que tendrá encima.

Así que empezaremos dejando las cosas un poco más claras: tu autoridad te la trabajas tú, y su disciplina se la trabaja tu hijo o hija. Con tu ayuda, sí, y con la ayuda del resto de la familia, personal docente, etc. La base de tu autoridad son los límites: el reto es conseguir que esos límites sean respetados. Pero hay un problema: que normalmente, empezamos a poner límites cuando llegan los 15 años.
 
Lo normal es que una personita adolescente te desafíe: siempre lo hará, en mayor o menor grado. Si un/a adolescente no te desafía y contradice, preocúpate. Los límites deberían estar ya ahí, desde siempre:
  • Los límites se fijan desde el principio, desde la infancia. Cada uno a su tiempo (las niñas de 4 años no llegan bebidas a casa), pero debe quedar constancia, desde siempre, de que existir...existen.
  • Los límites deben ser claros ("tienes que portarte bien" no es un "límite" claro, sino una afirmación vaga y confusa y, de hecho, seguro que para mi significa una cosa diferente de la que significa para ti)
  • Los límites deben ser racionales, argumentables: aunque en la infancia todavía no se puedan comprender, por lo menos, la familia sí debería poder razonarlos y argumentarlos... Al final, seguramente, tendrás que acabar explicándolos, tarde o temprano: "tal cosa no la puedes hacer porque..."
  • Los límites, y esto es muy importante, deben dejar espacio al desarrollo de la autonomía y a la educación para la libertad y para poder tomar decisiones racionales: al igual que tu hija de cuatro años hoy tiene que aprender a decidir si quiere fresas o plátano en el postre, dentro de 20 años tendrá que decidir qué quiere hacer con su vida... y más le vale estar bien formada y educada para eso.

 
La realidad es que, una persona, pierde su autoridad cada vez que, fuera de sí, pierde los nervios, emplea la violencia física y/o verbal y recurre a descalificaciones e insultos. Y más, si lo hace en público. Es tan fácil de entender como que, si esa persona realmente tuviera autoridad, no necesitaría esas "estrategias" compensatorias para que alguien le haga caso. Obviamente, no es lo mismo, pero si tu jefa te gritase y perdiera los estribos cada vez que quiere corregir algún error que has cometido, o bien la tomas por el pito del sereno si luego no cumple, NUNCA, sus amenazas, o bien la verías con terror y, en cuanto pudieras, saldrías pitando de esa empresa en busca de tierras mejores, ¿o no? Exactamente eso pasa en la familia, pero a otra escala y de forma más dolorosa: o no te harán ni caso y esperarán a que se te pase el incendio emocional (y les des 10€), o se alejarán de ti si todo, en cualquier momento, dispara las alarmas y la convivencia es insoportable.

 
 
Entonces, ¿qué hacer? Pues, lo primero, tranquilizarte, y respirar antes de ponerme a hacer el show. Lo segundo, ser totalmente consecuente (ahora entro en detalles) y, lo tercero, evitar interacciones ajenas y contradicciones entre órdenes o valores dentro de la misma familia: es decir, ponte de acuerdo con tu pareja sobre la educación de tu descendencia, y ese criterio debéis "imponerlo" (por las buenas, educadamente, pero sí... imponerlo) al resto de los familiares. Sobre todo, no os contradigáis dentro de la pareja, y nunca delante del o la adolescente.
Ejemplo: imaginemos que al final, la madre, no le da los 10€ al chaval, actúa de forma firme, consecuente, y no cede...pero se los da su padre o, quizás, su abuela le de, a escodidas, 20€. Vaya, lo que viene a ser una catástrofe educativa difícilmente reparable. Eso NO PUEDE PASAR: en mayúsculas, NO puede suceder.Jamás.   

 
Como los adolescentes ya están mayorcitos y, más o menos, en su sano juicio y tú eres una persona adulta, consecuente y racional, no pondrás límites injustificados: una explicación, basta. Pero tiene que haber una explicación: no la repitas mil veces, porque con una vez ya está dicho (mandas tú). En cierto modo, tienes que ser ejemplar: no pongas un perfil a tu hijo o hija del que tú estés lejísimos y le suene a surrealismo. Tampoco es que esto quiera decir que si, por ejemplo, fumas, no puedas regañar al adolescente por fumar: aunque lo mejor sería que lo dejases, obviamente, tiene que quedar claro que no es algo que lleves con orgullo y que, en ese caso, no te lo puede echar en cara porque intentarás librarte de ese mal hábito en cuanto te sea posible. Eso, sin llegar a descalificarte nunca ("Tienes que estudiar porque yo no estudié y mira qué mal me va la vida"; eso no). 
También tienes que actuar con lógica y no dar órdenes contradictorias, ni cambiar los límites cada dos por tres: no puede ser que todo esté mal.
  • Es muy importante y eficaz el REFUERZO: si ante incidentes muy graves, vas a castigar, ante cosas positivas y cambios, tienes que reforzar y, por lo menos, dar una muestra de cariño y orgullo (los regalos no son el mejor refuerzo, recuerda).

 
Así que, si te has alterado muchísimo porque "la niña" ha suspendido 7 asignaturas, déjale claro que eso se merece un castigo, que luego habláis y vete al monte a gritar y correr. Ponle un castigo lógico y proporcional y no lo levantes por mucho que insista. Y si hace falta, pide ayuda en psicoterapia familiar :)
 
Por último, os dejamos con una cita muy esclarecedora: 
 
El concepto de autoridad apareció en Roma como opuesto al de poder. El poder es un hecho real. Una voluntad se impone a otra por el ejercicio de la fuerza. En cambio, la autoridad está unida a la legitimidad, dignidad, calidad, excelencia de una institución o de una persona. El poder no tiene por qué contar con el súbdito. Le coacciona, sin más, y el miedo es el sentimiento adecuado a esta relación. En cambio, la autoridad tiene que despertar respeto, y esto implica una aceptación, una evaluación del mérito, una capacidad de admirar, en quien reconoce la autoridad. Una muchedumbre encanallada sería incapaz de respetar nada. Es desde el respeto desde dónde se debe definir la autoridad, que no es otra cosa que la cualidad capaz de fundarlo. El respeto a la autoridad instaura una relación fundada en la excelencia de los dos miembros que la componen: quien ejerce la autoridad y quien la acepta como tal. 
La recuperación de la autoridad - J.A. Marina (en goo.gl/sbnn61